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lunes, 29 de junio de 2020
Una historia de Natacha, muy bien leída
El autor del libro de Natacha, Luis Pescetti, invitó a una actriz a su programa y vean cómo leyeron esta aventura.
martes, 23 de junio de 2020
Leemos otra historia de NATACHA
Rafles
–¡Mamá!
–No grites, Natacha, ¿qué querés?
–Que vengas.
–Ya te oí, pero estoy trabajando, ¿qué querés?
–Venííí.
–¡¿No me podés decir qué querés a ver si desde acá te puedo
decir?!
–No, quiero que veas.
–¿Qué vea qué?
–... que te quiero hacer una pregunta.
–Si es una pregunta no hace falta que la vea.
–¡Sí... vení te digo!
–La puedo oír, Natacha; decime y dejá de gritar que nos van
a echar del edificio por tus gritos.
–¡¡¡VENÍÍÍÍ!!!
–... (no, del edificio no, de la ciudad nos van a echar).
–Dale, mami... por favor vení.
–Ya te dije que no.
–...(silencio)
–...(silencio que presta atención al otro silencio)
–...(silencio muy sospechoso).
–Natacha, ¿qué estás haciendo?
–...(ruidos, risas).
–¡Natacha! ¿Me querés decir qué estás haciendo? ¡Mirá que
voy!
–¡No, no vengas!
–¿¡Cómo que no vaya!? ¡Claro que voy!
–¡No, mami! ¡En serio, por favor no vengas!
–Lo único que faltaba, ya mismo voy a ver qué estás
haciendo (se levanta y va). Natacha, abrí la puerta.
–No puedo.
–¡¿Querés abrirla por favor?!
–No, mami, no hace falta.
–¡¿Qué no hace falta?!
–Ya está, mami.
–¡¿Qué cosa ya está?!
–Lo que te decía que vengas, ya no importa.
–¡¿Qué rompiste, Natacha?!
–Ufa, nada, mami.
–¿Y ese ruido? ¡¿No habrás roto la cajita de música?!
–¿Cuál?
–La que te regaló la abuela, no la habrás roto,¿no?
–Total no era linda.
–¿¡¡Cómo ERA!!? ¿La rompiste? Te mato, Natacha, abrí la
puerta.
–No fui yo mami, fue Rafles.
–¡¿Quién es Rafles?!
–...(ay).
–¡Natacha! ¡¿Quién es Rafles?!
–...(ay, ay, ay).
–¿Qué son esos ruidos? ¡¡¡NO!!! ¡Natacha! ¡¡¡Vos ahí tenés
un perro!!!
–... te dije mamá que ya no importaba (abre la puerta).
–¡¿De dónde sacaste ese perro?!
–No te preocupes, mamá, lo encontré en la calle.
–¡¿En la calle!? ¡Ya mismo lo sacás de la casa!
–¡No, si él se va yo también me voy!
–¡Perfecto!
–No mami, dejame, siempre quise tener un perro.
–Pero vivimos en un departamento, Nati... no se puede.
–Por favor, mamá.
–...es un lío...
–¿Viste qué lindo que es?
–... mirá cómo está tu cuarto, todo revuelto, Natacha.
–Es el Rafles, mami, que no se quiere quedar quieto, ya le
dije que si no se porta bien se va de la casa.
–Ya no se portó bien, Natacha, ya se tiene que ir, destrozó
tu cuarto.
–No, pero ahora recién empieza a aprender.
–Si así empieza, cómo será cuando termine.
–Vas a ver qué bien se va a portar. Yo le voy a pegar
cartelitos para recordarle que se porte bien.
–El perro no lee.
–Yo le voy enseñar a leer y a escribir.
–Los perros no leen ni escriben, Nati.
–El Rafles sí, mamá.
–Mirá, Natacha, vamos a regresarlo a la calle.
–No mamá, te prometo que yo lo cuido.
–...(silencio que se imagina bañando y dando de comer al
perro).
–Sí, mami, vas a ver.
–Mirá... vamos a probar una semana, si se porta mal se va.
¿De acuerdo?
–So.
–¿Sí o no?
–Ni.
–¡Natacha!
–Ufa, bueno sí.
–Vení, vamos a llevarlo al veterinario.
–¿Para qué, mami?
–Para que lo bañen y lo vacunen, Natacha, vamos.
–Vení, Rafles que en el camino te empiezo a enseñar... mirá,
esta es la letra W
jueves, 18 de junio de 2020
El señor Poc ayuda a que alguien encuentre una calle (Del libro Historias de los señores Moc y Poc.)
Señor: -Buenas, ¿me podría decir dónde que la calle 16?
Poc: -Sí.
Señor: -…
Poc: -…
Señor: -Dígamelo, por favor.
Poc: -Queda en la ciudad.
Señor: -¿En dónde exactamente?
Poc: -A la altura del suelo, como todas.
Señor: -Ya sé, pero ¿cómo llego hasta allí?
Poc: -Así nomás, caminando.
Señor: -Pero caminando hacia hacia dónde.
Poc: -Hacia ahí, hacia donde está la calle.
Señor: -Por eso le pregunto, porque no sé dónde queda.
Poc: -Perfecto, si yo no supiera haría lo mismo.
Señor: -¿Entonces? ¿Me va a decir dónde queda la calle 16?
Poc: -En un mapa que tengo en casa, ahí está…dibujada.
Señor: -Pero necesito ir a la calle de verdad, no a un mapa.
Poc: -En mi mapa está la calle de verdad, nada más que dibujada.
Señor: -Mire, tengo que comprar dos metros de género en una tienda que está en la calle 16.
Poc: Muy bien, y yo, casualmente, iba a tomar un café a casa de mi amigo Moc.
Señor: -Vive cerca de la calle 16?
Poc: -No, para nada.
Señor: -Entonces vende género…
Poc: ¿¡Moc?!
Señor: -Sí.
Poc: -¿Desde cuándo?
Señor: -No lo sé, usted es su amigo, tendría que saber.
Poc: -Nunca me contó.
Señor: -¿¡Y por qué me dice que lo siga!?
Poc: -¿¡A quién!?
Señor: -A usted.
Poc: -¿Usted me quiere seguir?
Señor: – ¡No! Yo dije que quería comprar género y usted me contó que iba a lo de su amigo Moc.
Poc: -¿Y por qué quiere ir a tomar un café en vez de ir por el género?
Señor: -No quiero tomar un café.
Poc: -¿No le gusta?
Señor: -Sí, me gusta, pero lo que necesito es ubicar la calle 16, ¿por qué mencionó a su amigo?
Poc: -Usted me contó qué iba a hacer, entonces yo también le conté.
Señor: -Mire, sólo estoy perdiendo tiempo, usted no sabe dónde queda.
Poc: -Sí, sé. Tiene que ir hasta esa esquina y va a encontrar una diagonal a media cuadra…
Señor: – Espere un minutito porque quiero anotar…gracias.
Poc: -…va a encontrar esa diagonal que lleva a una callecita que sube y a otra que baja. La que sube no es tan linda, pero la que baja tiene unos árboles preciosos, ¿está anotando?
Señor: -Sí, gracias.
Poc: -Si va por ahí unas cuadras, a mano derecha encontrará una panadería que tiene una cosa así como para sentarse…
Señor: -…Sí…
Poc: -…entonces, si ahí dobla a la derecha…
Señor: -…¿Está la calle 16?
Poc: -No.
Señor: -Ah.
Poc: -…Si ahí dobla a la derecha y sigue y sigue…
Señor: -Sí.
Poc: -…y sigue y sigue…
Señor: -¿Tanto?
Poc: -…no puede perderse, es una cuadra muy larga y después tiene curvas, usted siga las curvas hasta que termine esa calle y se tope con otra, ahí va a encontrar una estatua de dos perros, ¿sí?
Señor: -¿Y ésa es la calle 16?
Poc: -No, la 16 es la callecita que sube en la diagonal…pero no es tan linda.
Señor (suspira): -…Deje, mejor la encuentro solo.
Poc: .Si la podía encontrar solo, ¿para qué me pregunto?
Luis Pescetti
martes, 16 de junio de 2020
viernes, 12 de junio de 2020
A un lugar
—Mamá, me voy a un lugar a hacer una cosa.
—¿A dónde te vas?
—A un lugar… que queda por allá.
—Por allá, ¿es lejos?
—No… más o menos, no tan lejos; es cerca del coso.
—¿Qué coso?
—Ese coso que una vez te contaba…
—No me acuerdo, Natacha.
—… dale, si yo una vez te dije y vos me dijiste, Bueno, andá.
—Pero ¿¡dónde vas a ir?!
—¡Y, ya te dije, mamá! ¿¡o no me oíste!?
—Te oí, pero no entendí nada.
—Voy cerca de la casa de la nena.
—¿¡Qué nena!?
—De esa que un día me hizo un regalo.
—¿Un regalo?, ¿cuál?
—¡Ufa, no me acuerdo! … es esa que tiene el pelo todo así.
—¿Enrulado?
—No, todo como así… ¡qué vive cerca de ese lugar que vimos una vez!
—¿¡Qué lugar, Natacha!?
—Ese que queda cerca del quiosco que está a la vuelta de por allá, ese que tiene todo como una cosa así con colores y qué sé yo.
—¿El quiosco de la esquina?
—No, uno que tiene un aparato que da vueltas…
—¿La maquinita que da caramelos?
—¡No! ¡Nada, pero nada, pero nada que ver! ¡Uno que da vueltas, mamá!
—No sé, Natacha, en un quiosco algo que da vueltas… qué sé yo qué será.
—Bueno, pero vos dejame.
—Está bien, pero ¿qué vas a comprar en el quiosco?
—No, en el quiosco no, yo voy como si fuera más al lado, más para allá…
—No sé dónde es, Natacha.
—Que uno vez vos me dijiste, Bueno, andá.
—¡Sí, ya sé que te dije eso!
—Y bueno, entonces dejame de nuevo y listo, para qué pegar tantas vueltas ¿no?
—¿A dónde te vas?
—A un lugar… que queda por allá.
—Por allá, ¿es lejos?
—No… más o menos, no tan lejos; es cerca del coso.
—¿Qué coso?
—Ese coso que una vez te contaba…
—No me acuerdo, Natacha.
—… dale, si yo una vez te dije y vos me dijiste, Bueno, andá.
—Pero ¿¡dónde vas a ir?!
—¡Y, ya te dije, mamá! ¿¡o no me oíste!?
—Te oí, pero no entendí nada.
—Voy cerca de la casa de la nena.
—¿¡Qué nena!?
—De esa que un día me hizo un regalo.
—¿Un regalo?, ¿cuál?
—¡Ufa, no me acuerdo! … es esa que tiene el pelo todo así.
—¿Enrulado?
—No, todo como así… ¡qué vive cerca de ese lugar que vimos una vez!
—¿¡Qué lugar, Natacha!?
—Ese que queda cerca del quiosco que está a la vuelta de por allá, ese que tiene todo como una cosa así con colores y qué sé yo.
—¿El quiosco de la esquina?
—No, uno que tiene un aparato que da vueltas…
—¿La maquinita que da caramelos?
—¡No! ¡Nada, pero nada, pero nada que ver! ¡Uno que da vueltas, mamá!
—No sé, Natacha, en un quiosco algo que da vueltas… qué sé yo qué será.
—Bueno, pero vos dejame.
—Está bien, pero ¿qué vas a comprar en el quiosco?
—No, en el quiosco no, yo voy como si fuera más al lado, más para allá…
—No sé dónde es, Natacha.
—Que uno vez vos me dijiste, Bueno, andá.
—¡Sí, ya sé que te dije eso!
—Y bueno, entonces dejame de nuevo y listo, para qué pegar tantas vueltas ¿no?
En: Luis María Pescetti, Natacha, Buenos Aires, Alfaguara infantil, 2010.
martes, 2 de junio de 2020
lunes, 1 de junio de 2020
El rey que no quería bañarse- Ema Wolf
Las esponjas suelen contar historias muy
interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas
hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente:
En una época lejana, las guerras duraban mucho, un rey se
iba a la guerra y tar- daba treinta años en volver, cansado y sudado de
cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín enemigo.
Algo así le sucedió al rey Vigildo.
Se fue a la guerra una mañana
y volvió veinte
años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.
Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina
Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llegó el momento
de sumergirse en la ba- ñera, el rey se negó.
–No me baño –dijo– ¡No me baño,
no me baño y no me baño!
La reina, los príncipes, la parentela real y la
corte entera quedaron estupefactos.
–¿Qué
pasa, majestad? –preguntó el viejo chambelán– ¿Acaso el agua está dema- siado
caliente? ¿El jabón, demasiado frío? ¿La bañera, demasiado profunda?
–No, no y no –contestó el rey– pero yo no me baño nada.
Por muchos
esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.
Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre
cuatro, pero tanto grito y tanto escándalo formó para escapar
que al final lo soltaron.
La reina Inés consiguió cambiarle las medias, ¡las medias
que habían batallado con él veinte años! pero nada más.
Su hermana, la duquesa Flora le decía:
–¿Qué te pasa, Vigildo? ¿Temés oxidarte o
despintarte o encogerte o arrugarte...?
Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se
atrevió a confesar.
–¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las
batallas! Después de tantos años de
guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua
tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo.
Y terminó diciendo en tono
dramático:
–¿Qué soy yo, acaso un rey
guerrero o un poroto en remojo?
Pensándolo bien, el rey Vigildo
tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo
chambelán se le ocurrió una idea. Mandó hacer un
ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su
escudo, su lanza, su caballo,
y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados
del rey. También construyeron una
pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel,
para poner en el foso del castillo.
Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que
navegaban empujados a mano o soplidos.
Todo esto lo metieron
en la bañera del rey, junto
con algunos dragones
de jabón. Vigildo quedó fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!
Ligero como una foca, se zambulló en el agua. Alineó
a sus soldados, y ahí nomás inició
un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según
su costumbre daba órdenes
y contraórdenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:
–¡Avanzad,
mis valientes! Glub, glub. ¡No reculéis, cobardes! ¡Por el flanco iz- quierdo!
¡Por la popa…!
Y cosas así.
La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.
También que esa costumbre quedó
para siempre. Es por eso que todavía
hoy, cuando los chicos se
van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos, sus tambores, sus cascos,
sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas de rana.
Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es
bañarse.
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